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Otro día se desvanecía en la ciudad de Montevideo, las nubes se habían tornado de un color rosáceo que hacían contraste con el color azul del fondo. Soplaba una brisa fresca que podía sentirse desde los balcones de los departamentos de la ciudad. En pocas palabras, una tarde de domingo tranquila que estaba dejando pasar a la noche previa al lunes.
Roberto Musso estaba con su exesposa Laura en el balcón de su departamento, merendando mate amargado con bizcochuelo. Si bien él no era un gran fanático de esa bebida tradicional, la tomaba con ella y sus amigos porque una parte de sí mismo le exigía que lo hiciera.
“La próxima vez haré café.”, se prometió en mente, aunque era probable que no lo iba a hacer.
Laura había venido a llevarse a Federica, ya que era su turno de cuidarla; y era costumbre quedarse un rato conversando con la persona que alguna vez fue su esposo.
—¿Hizo toda su tarea? —preguntó Laura, mientras se sacudía las manos que tenían migas de su trozo de bizcochuelo de vainilla.
—Por supuesto, yo la ayudé. —contestó Roberto con una sonrisa dibujada en la cara.
Estuvieron largo rato charlando sobre lo que harían durante la semana.
—Qué bueno que ya estén empezando a planear el nuevo disco, no te olvides de mostrarle las canciones a mí y a Fede, eh… —le recordó Laura.
—Por supuesto que no me lo voy a olvidar, ustedes dos son una parte fundamental del proceso creativo. Posiblemente el próximo año lo lanzaremos—dijo Roberto, desviando la mirada—. Por cierto, en verdad me hace feliz que estés comprometida de nuevo, Lau, Fabián es un buen sujeto.
—Gracias, pero, ¿qué hay de vos, Rober? —inquirió la mujer de cabello oscuro.
—¿...Yo qué? —en la voz de Roberto se pudo percibir algo de confusión ante la pregunta de su ex esposa.
—Roberto, no puede ser que nos hayamos divorciado hace tres años y vos sigas soltero —dijo Laura, poniendo los ojos en blanco.
—¿Y qué voy a ir buscando romance, Lau? Estoy muy viejo para esas cosas. —contestó el hombre de pelo enrulado.
—¡Pero si todavía no cumplís 56! —protestó ella, mirándolo como si él acabara de decir un chiste sin gracia— Aún tenés mucho tiempo para encontrar pareja, sólo necesitas salir de tu zona de confort.
Esa última idea le provocó una breve sensación de vértigo a Roberto, y esperó que no se le haya notado su cambio de postura. ¿Buscar pareja? Eso no lo había hecho desde la década de los 90’s. Laura había sido la última persona con la que tuvo aquella conexión profunda llamada “amor”, la conocía desde hace veintitrés años, de los cuales doce fueron de matrimonio y durante ese lapso tuvieron una hija que amaban con todas sus fuerzas.
—Igual, dudo que alguien me quiera... —pensó el hombre de cabello enrulado en voz alta.
—Yo te quise mucho, y te sigo queriendo aunque sea como amigos. Los del Cuarteto te quieren también, especialmente Topo… —Laura hizo un énfasis notorio en la última palabra, a propósito.
Al escuchar el sobrenombre de Gustavo Antuña, Roberto no pudo evitar sonrojarse.
Si tengo vergüenza, me sube el color rojo…
Tenía que admitir que desde hacía tiempo sentía un profundo interés por su amigo, hasta podía llamarlo interés romántico. Disfrutaba mucho hablar con él sobre cosas que no tuviesen que ver con la banda, era como si se conocieran de toda la vida. Adoraba escuchar su risa y el sonido de su guitarra.
No obstante, dudaba mucho que sería algo correspondido. Nunca escuchó que Topo hubiese estado con personas de su mismo sexo anteriormente, o que él, Roberto Musso, fuese su tipo en todo caso.
—Acerté como siempre —se rió la mujer de pelo negro y terminó de beber el mate que tenía en manos antes de pasárselo a su ex-esposo—. Aunque es demasiado obvio, te pusiste rojo como un tomate.
—Sabes mejor que nadie que juego para ambos equipos —agregó Roberto y aún sentía ardor en las mejillas y en el cuello. Se levantó de la silla y se apoyó en la baranda del balcón.
Al menos la brisa del otoño recién establecido lo calmaría. Contempló los edificios que tenía enfrente, las nubes cerca del horizonte y la luz del sol poniente. Amaba observar los detalles de su entorno, más todavía cuando eran paisajes urbanos, lo consideraba una actividad más que tranquilizadora.
—Para mí que hace años estás en la banca así que jugador no te puedes hacer llamar —dijo Laura, aproximándose.
Como no juego, ni pierdo ni gano…
—No sé, Lau, dudo mucho que me acepte —dijo Roberto, sin mirarla, y quedó largo rato pensativo.
—Siempre tan negativo vos. —se quejó la mujer de cabello negro, apoyando el codo sobre la baranda para poder reposar la cabeza sobre su dorso de la mano.
“Por algo ella se divorció de vos.”, un pensamiento intrusivo resonó en la cabeza de Roberto Musso.
***
Laura se habría quedado más tiempo charlando sobre el tema, pero ya era hora de irse, Federica tenía escuela al día siguiente y tenía que dormir temprano.
—Nos vemos en unos días, mi hermosa flor —Roberto abrazó a su hija en el marco de la puerta.
—¡Chau papá! —exclamó la pequeña una vez que su padre la hubiese soltado— ¡Saludos a tus amigos!
Eso hizo sonreír a Roberto de oreja a oreja. El Cuarteto de Nos era una familia, se conocían desde hace décadas y era inevitable verlos de otra forma.
—Pensá en lo que estuvimos hablando, Rober —le susurró la mujer de cabello oscuro antes de retirarse con la pequeña.
—Lo haré… —contestó Roberto, pero parecía más una respuesta para sí mismo que para su exesposa.
Cerró la puerta tras de sí, le puso el seguro y suspiró. La conversación con Laura en verdad lo había dejado bastante consternado.
El silencio en su departamento no ayudaba en lo absoluto, sabía que en cualquier momento su cabeza comenzaría a poner pensamientos indeseados en bucle.
—Dudo mucho que le guste a Topo. —se repitió mientras caminaba rumbo a la habitación del departamento que usaba como estudio.
¿Cuándo había sido la última vez que se enamoró de un hombre? Si mal no lo recordaba, fue en época del liceo, pero esos sentimientos nunca fueron correspondidos porque jamás los confesó. Y, actualmente ya sin ningún rastro de lo que alguna vez sintió, ese amor de juventud se había vuelto uno de sus mejores amigos y el bajista de la banda que fundó con su hermano menor.
“Te enamoras de la primera persona que te trata con un mínimo de decencia humana, eso es patético.”, se burló un pensamiento.
Roberto sacudió la cabeza de un lado a otro, y se sentó frente a la computadora con su fiel cuaderno de notas.
Tal vez trabajar en los borradores de las nuevas letras que estaba componiendo lo ayudarían a pasar el rato, al menos hasta que fuese la hora de dormir.
